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HOMENAJE A LA MUJER CAMPESINA

Por César González Guerrero

No se puede hablar de la mujer campesina sin recordar a nuestra inolvidable madre Cohinta Guerrero Aparicio (QEPD), y desde luego a todas esas grandes mujeres de Guerrero, Costa Chica y Copala ya fallecidas, como mis abuelas Petra Guerrero Tejada, Carlota Cortez Chegue, y a las que gracias a Dios aún viven. La mujer de campo, la mujer que a pesar de su difícil circunstancia aporta y aportó su gran esfuerzo y sacrificio, trabajando palmo a palmo a lado del esposo también campesino. Sin duda, merece nuestro reconocimiento por el triple trabajo de ser madre, esposa y campesina. Creo son seres excepcionales.

Si es cierto que la mujer en términos generales, merecen de igual manera este Homenaje y Reconocimiento, pero en esta ocasión quiero referirme a ellas, a las campesinas de mi tierra. Sobre todo, porque a la juventud de hoy se le debe inculcar el amor, la admiración y el respeto a la Madre y por supuesto al Padre.

La mujer en el campo, más en nuestra época hace más de 60 años, nos consta, realizaba labores desde las 5 de la mañana para preparar los alimentos porque a las 7 iniciaban las labores del compañero y los hijos, y mínimamente había que “beber” café (como ya decíamos “agua Chirria”). Desde luego había algunas familias que sí podían consumir algún otro tipo de almuerzo para “aguantar” la hora de la “cestiada”, pero la mayoría no.

Para otras mujeres, quizá menores de edad, otras madres solteras, viudas o “dejadas”, la vida fue mucho más difícil, “criar” a más de uno o hasta 5 pequeños, sin ningún respaldo del padre, buscar la leña, el agua, el dinero, y todo lo que se requiere para sobrevivir; se vieron en la necesidad de buscar trabajo para “planchar” y “lavar” “trapos” o ropa ajena, de “molenderas”, “pilmama”, “criadas”, “meseras”, etc. Hay varios ejemplos de cómo ese tipo de mujeres lograron, dignamente, forjar una familia ejemplar, formando hijos profesionales que no se avergüenzan de su origen. Esas son las auténticas mujeres guerreras.

Solo por ejemplificar, la mujer campesina tuvo que ingeniárselas para cumplir su función, ya sea preparando su “ñagual” para vender algunos productos en las calles o cargar a la cabeza el “valde”, la “lata” o “cántaro” de agua, el “tercio” de leña, y todo aquello que forzosamente se tenía que hacer a falta del hombre.

En el surco la madre campesina también aplicó su fortaleza física y espiritual a la par del hombre. Descalza curtió sus pies y no hubo espinas que detuviera su actividad. Sus manos “callosas” sirvieron para demostrar que una mujer también así es bella.

Al final de la jornada la mujer campesina también se da su tiempo para adornarse y mostrar su belleza física, después de un delicioso baño en las aguas cristalinas del rio o bien a “jicaradas” en una “poza” de agua, con jabón “carey” unas, otras con jabón de “olor”, esperaban al marido sentadas en una “silleta” en su “corredor” o el amplio “patio” de su “bajareque”, “embarrándose” el inolvidable “aceite de coco” en sus cabelles negros “lacios” o “puchuncos”, utilizando rítmicamente una “peineta” que para mí es inolvidable.

Esta pequeña parte de la vida de una mujer campesina por supuesto que tuvo sus variaciones, dependiendo del desarrollo de los pueblos, muchas seguramente sufrieron más que otras, pero es cierto que la mujer de campo aprendió y enseñó a los hijos e hijas a ser responsables, trabajadoras, honestas, dignas, respetuosas, disciplinadas, etc. Pero lo que más se valora es su fortaleza física y espiritual. Sin la madre, sin la esposa, sin la mujer, muy poco se puede hacer… ¡Vivan las Mujeres Campesinas!

 

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