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A DOBLAR LA MILPA

Por César González Guerrero

Acá en la Costa Chica y quizá en todo el estado de Guerrero, los campesinos que empezaron a sembrar la semilla de maíz en los 3 primeros “porrazos” de agua, es decir, a finales de junio o principios de julio, ya a estas fechas de la primera quincena de octubre, están en la etapa denominada “la dobla”. Es el momento preciso en que el producto que hace poco fue una “muñeca”, después un “elote” y al final una “camagua”, está convertida en “mazorca”, lista para la “pizca” y la “desgranada”.

Después de los más de 100 días de la siembra del maíz, por fin se llega el día en que el campesino tiene que decidir qué hacer con la cosecha. Y para tal efecto debe considerar varios aspectos, entre otros si es para autoconsumo, para el mercado o si es para forraje; también debe considerar si es de primera o segunda; si el precio en el mercado es el adecuado; y finalmente, si tiene el espacio suficiente para almacenar. Por supuesto todo estará en función de sus necesidades y de la recuperación económica de sus gastos e inversión realizada.  Como sea la decisión que tome, el campesino tiene asegurada la alimentación de la familia por una buena temporada.

El tema de “la dobla” del maíz, igual que cada uno de los momentos que vive el campesino en este proceso de producción es muy importante e interesante. Son de felicidad y alegría, tanto en el entorno familiar como popular. Se disfruta todo.

Regularmente, a falta de dinero, existe la costumbre de “ganarse lomo”, lo cual significa que se hacen tratos para apoyarse mutuamente y así resolver el problema del pago de un peón. Que es otro asunto pendiente de tratar.

La actividad de “doblar” el maíz sí que es un trabajo rudo que no cualquiera realiza, primero porque en entrar a los “surcos” de la milpa, a pleno sol, serán motivo de alguna insolación; segundo, caminar paso a paso “doblando” la “cañuela” es enfrentar y soportar el “aguate”; tercero, el riesgo natural de “toparse” con algún alacrán o culebra. Total, el “doblar “la milpa es, dependiendo de la cantidad sembrada, un gran esfuerzo que realiza el campesino que muchas ocasiones no se valora. Sin embargo, a pesar de ello, es un gran disfrute el “sudar” la camisa, su agradable olor a “monte”, y más aún salir a “cestiar”, “amolar” el machete o “beber agua” de un “bule” de “bejuco”, bajo un “palo” de jobero, sasanil o cacaguanache, etc. Es una grata y gran experiencia. Mejor dicho, inolvidable.

El trabajo del campo siempre será terapéutico, saludable y agradable, no obstante, todos los males que aquejan a la gente. Son acciones que jamás se olvidan y que fueron aprendidas desde la niñez. Nuestros padres campesinos así nos enseñaron, así aprendimos y así queremos que los jóvenes del presente y del futuro lo hagan. Seguramente estarán orgullosos de sus orígenes humildes y satisfechos de no fallarles a sus padres. Eso deseamos.

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