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Me preocupo…

¡Todo me inquieta! Mi salud, mi situación profesional, mi familia… Mis cercanos me preocupan. Los veo hundirse en situaciones insostenibles, y eso me enferma. Me siento responsable de su felicidad. Las circunstancias que atraviesan y las mías son el centro de mis preocupaciones: con tal que tenga lo necesario para vivir, que mi hija no se enferme… y luego, aunque todo transcurra como lo espero, aun encuentro algo en lo que no había pensado y que arruina mi dicha…

La preocupación es un veneno del cual no puedo deshacerme. Se ha vuelto una verdadera obsesión en mí.

De hecho, sé muy bien que Dios me ve. Y más aún, sus ojos están siempre sobre mí, porque desea ayudarme y tener una relación verdadera y sincera conmigo. A pesar de esto, yo no pienso más que en mis preocupaciones…

¿Continuaré con esta obsesión? Dios me llama a confiar en él, a entregarme totalmente a él, ¿dudaré en hacerlo? Pedro, el apóstol de Jesús, tenía razón cuando dijo: “Echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros” (1 Pedro 5.7).

Puedo descansar en mi Dios, confiar en él; él me ama, se ocupa de mí; vela sobre los míos. Puedo contarle mis preocupaciones. Él las llevará en mi lugar. Jesús dijo: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, que yo os haré descansar” (Mateo 11.28).

“Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni allegan en alfolíes; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No sois  vosotros mucho mejores que ellas?” (Mateo 6.26).

Vuestro Padre celestial sabe que de todas estas cosas habéis menester.

Mateo 6.32

Texto enviado por Alfredo Bustos Ruiz de la Iglesia Nacional Presbiteriana Conservadora “El Buen Pastor”.

Ubicada en 16 de Septiembre N° 27, en el Centro de Chilpancingo, Gro.

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